Especiales Malvinas | Alberto Alonso | Ex combatiente

Por Malvinas, en cuerpo y alma: Alberto Santiago Alonso

Buscó uno por uno a los soldados que fueron a Malvinas y fundó uno de los primeros centros de ex combatientes del país. Su historia, Alberto Alonso

Aberto quiere contar. No es fácil preguntar sobre la guerra de Malvinas, pero él no pone condiciones.

Llego a verlo y me espera con mate. Observo sobre la mesa cajas abiertas, unos cuantos recortes de diarios y fotos dispersas. Veo el Puerto Argentino en el año ´82; veo políticos y ex soldados posando en las fotos; varias inauguraciones de monumentos; un diploma de honor por los servicios prestados a la patria que asoma con orgullo; leo algunos titulares que intentan sintetizar su lucha durante 26 años al frente del Centro de ex soldados combatientes en Malvinas Esquel y Zona Oeste.

Miro a Alberto y suspiro. Ninguno sabe por dónde empezar. Tengo la certeza de que nunca podría abarcar esa inmensidad de ser un ex combatiente de Malvinas. Hay una incomprensión de arranque. Nadie puede ponerse en sus zapatos, excepto otro soldado. Alberto también lo sabe, por eso hay cierto aplomo en su actitud, aunque quizás se deba a la satisfacción de una tarea gigante para la que entregó todo. Ahora vive tranquilo, hace once años que no está al frente del centro, aunque me hace una confesión: “Nunca te vas de Malvinas”.

-Cómo recordás tu llegada a Esquel cuando terminó la guerra…

-Llegué a fines de junio, desde Comodoro. Cuando llego a la terminal había mucha gente, imaginate, era un pueblo chico. Vine con 56 kilos, me había ido con 80. Mis papás me tocaban las piernas, entre tantas cosas, alguien les había dicho que me habían cortado las piernas. Durante esos meses había estado totalmente incomunicado con mis viejos. Tanto, que papá le escribió un telegrama a Galtieri, donde le pedía la paz.

-Tuviste que reorganizar tu vida y empezar de nuevo…

-En cuanto llegué me llevaron a ver a Varela, un psiquiatra, para ver cómo estaba. Cuando llegamos de Malvinas te dan la baja. Los ex soldados nos manejamos solos. Los oficiales tenían el ejército, ascendieron, era todo de otra forma para ellos. Pero para nosotros, íbamos a buscar trabajo para alguno y nos miraban diciendo “este volvió loco”. Pero yo me sentía orgulloso de haber ido a Malvinas, de ser ex combatiente y haber defendido a mi patria. No conozco el miedo. De los 14.800 soldados que estuvimos en suelo malvinense, solo dos o cuatro ascendimos a soldado dragoneante, el premio al valor.

“En julio ya me empecé a mover. No me preguntes qué quería hacer, yo solo sabía que hasta que no se los recuerde por siempre a los 649 soldados que yacen en suelo malvinense no iba a parar. Mi trabajo siempre fue sobre las generaciones posteriores.

“Después entré al Registro Civil, el 1 de diciembre del ´82. Estaba Baenas de intendente. Pedía permiso para tener reuniones por Malvinas”.

-¿Cómo fueron esas primeras gestiones?

-Al principio estaba solo y era una delegación. Empecé por Radio Nacional, que era el único medio de ese momento, a convocar a todos los que habían estado en Malvinas, para juntarnos. Los buscaba de cero. Imaginate no había internet, ni mail. Lo mío era ir a Vialidad, a reparticiones públicas, llamaba a todas las municipalidades, preguntaba a ver cuándo viajaba un vehículo a algún lado para ir a buscarlos. A lo mejor tenía dos horas en algún pueblo, golpeaba puertas y preguntaba si sabían de alguien que había estado en Malvinas. Era un trabajo de hormiga.

-¿Y qué pasaba cuando los encontrabas? ¿Tuviste alguno que no quiso saber nada?

-No, todo lo contrario, esos abrazos que nos dimos con Josecito Zúñiga, con Luisito Cuevas, eran momentos únicos. Buscábamos contención. Es lo que más precisábamos. A veces nos conteníamos entre nosotros mismos, tomando un cajón de cerveza y llorando todos juntos en una casa. Porque el tilde de “llegaron los loquitos de la guerra” estaba en todos lados. Teníamos que tener cuidado de lo que hacíamos porque iba a remarcar más esa idea. Aunque en mi caso, en Esquel siempre me sentí contenido y reconocido. Dos años después, en el ´84 éramos tres en el centro. En el ´88 o ´89 éramos más de 20 y hoy seremos cerca de 60.

-¿Cuáles fueron los principales logros?

-El logro era juntarnos, era ir a dar charlas a las escuelas. Tengo tantas cartas de chicos que hoy ya son adultos donde me ponen ‹gracias por haber ido a la guerra a defenderme›. Pero bueno los primeros años fue muy duro, sin auto, sin lugar donde dormir. Viajando a dedo, a veces solo, sin un mango, peleándome con más de un funcionario. Siempre la cordillera estaba apartada, estratégicamente, relegados de todo. Pero si no nos uníamos no íbamos a conseguir lo que conseguimos.

“Después empezó la lucha por las pensiones, los monumentos. Hicimos monumentos por todos los pueblos. Donde hay un ex combatiente tiene que haber un monumento. Como sea. Y se fue acrecentando. Se hizo la sede… Luché por el trabajo en las escuelas y se hizo siempre mucho trabajo social. La historia es tan larga. Vivíamos cosas en soledad. Pero nunca me tembló la mano. Le he pedido a un ministro que se vaya de un acto, les he dicho en la cara las cosas. A mí la política nunca me interesó. Malvinas es una causa argentina, de ningún partido político. Por eso no quiero que ninguna bandera esté en los actos.

“Me acuerdo que los primeros discursos se me caían las lágrimas solo, cuando se inauguró el monumento de Esquel a media que iba escribiendo mojaba las páginas, once páginas tuve que tirar para volver a empezar”.

#EnVideoEQS Alberto resume lo que significa el Centro de ex combatientes:

-¿Cómo compatibilizaste Malvinas con tu familia?

-A mi ex mujer no le hables de Malvinas. Ella la padeció. En el ´82 cuando entré al Registro Civil la conocí. Estuvimos 24 años juntos. Tenemos una relación excelente. Y dos hijos que son profesores, mi hija Karina y Pepi, que se fue a Nueva Zelanda. Lo que pasa es que hasta que tuvimos sede toda la gente venía a mi casa, todo el tiempo. “¿Sabés algo de las pensiones?” me preguntaban. Yo fundía mis autos para hacer trámites, para viajar. “¿Y esto quién lo paga?”, me preguntaba mi mujer. Recién en el 2017 fue el primer acto de ex combatiente al que fue mi hija. Yo los entiendo, viví una vida muy agitada.

“Estamos en guerra”

-En febrero del año ´82 vengo a Esquel 15 días de vacaciones, yo ya era soldado viejo, llevaba ya un año. Me vuelvo a Comodoro -al Regimiento de infantería 8- y no entendía por qué me seguían reteniendo si ya estaban incorporados los nuevos, los clase ´63. Y después me mandan a hacer un curso comando a Sarmiento. Yo digo “¿para qué si yo ya me voy?”. Aparte yo quería estudiar, quería ser contador. En ese curso lo conocí al Tte. Coronel Seineldín. Era avanzado el curso, comer raíces, embarrarse, alambre de púa, sangre, pelea, andar por túneles, etc. Éramos 27. Después de eso me llevan devuelta al 8. El 2 de abril nos dicen “hemos recuperado las Malvinas, estamos en guerra. Urgente, a preparar las armas”. Ahí entendí por qué me habían mandado a hacer ese curso. Ya lo tenían todo preparado. Tenían que adelantar la ida porque ya sabían los ingleses.

-¿Cómo fue la llegada a Malvinas?

-Llegamos a Malvinas y no había nadie. Caminábamos y los kelpers nos miraban con una cara… Armamos una carpa, jugamos al fútbol. No teníamos comida. La primera comida fue una latita de Corned Beef (N.d.R: especie de paté). No teníamos ni una cafiaspirina. Después llegó el resto de las tropas.

“El combate-combate empezó el 1 de mayo, una noche tormentosa donde escuchabas los gritos de tus amigos, el cielo iluminado. Nos bombardearon 125 veces. Fue tremendo, se veían los barcos que se cruzaban. Y vos decías, “hasta acá llegué”. Por eso yo digo siempre de ahí en más: “vivo regalado”. Aparte había tantos comentarios sobre ellos… Los buzos tácticos, los aviones pasaban a diez metros de nuestra cabeza. Vivíamos con alerta roja. No teníamos más que armas. No teníamos más para comer. Teníamos un pozo lejos con la comida y eso era todo pampa, así que no pudimos salir más, teníamos que quedarnos encerrados en un pozo. Vivíamos mojados, pasamos hambre. Pasaban los días y más allá de las arengas de los jefes por parlantes, que nos decían “hundimos un barco, vamos ganando”… la historia se fue develando”.

“El 14 de junio de 1982 se declaró el cese del fuego. En ese momento tuvimos que entregar las armas y quedarnos en unas caballerizas, prisioneros de los ingleses en Malvinas. Nos tuvieron ahí dos o tres días y nos iban llevando en un avión hasta el Northland, un destructor que tenían los ingleses. Un momento muy difícil fue cuando cuando hacíamos el trasbordo del Northland al Queen Elizabeth. Había que saltar a la otra lancha y las olas eran tan fuertes que el lanchón se despegaba del barco, era de noche… Íbamos caminando al costado del barco y muchos cayeron cuando querían saltar. Fue uno de los momentos más aterradores de todos, porque no pudimos ayudarlos”.

-¿Volviste o volverías a Malvinas?

-No, y no volvería nunca. No voy a ir a ser menospreciado por los kelpers en mi propio país.

-¿A la distancia, cuál es tu lectura sobre el conflicto de Malvinas?

-Se escribieron muchos libros sobre eso. Lamentablemente lo peor que te puede pasar es tener un fusil para matar a otra persona, eso es horrible, pero nos pusieron en esa situación y nos hicieron madurar a la fuerza.

-¿Alguna vez sentiste enojo por haber ido a la guerra?

-Nunca sentí enojo. Siempre digo que nunca tuve odio ni rencor, sí tengo memoria. Pasé miles de momentos dificilísimos, pero al contrario, siento orgullo de ser ex combatiente. Yo salí fortalecido de Malvinas. Sentí que Dios me puso para esto, para venir al mundo y tener algo por qué luchar.