Actualidad Día de los Enamorados | 14 de febrero | Esquel

Para enamorarse bien hay que venir al sur

Soñar de mochileros, regalarse una estrella, llegar en La Trochita… En el Día de los Enamorados, EQS Notas te cuenta tres historias de amor en Esquel. #Mirá

por María Lloyd/Colaboración: Milagros Nores

Día de los Enamorados...canciones, dichos, poesías…. El amor romántico ha sido cuestionado, analizado y reivindicado como el resguardo en un mundo difícil. Las distintas maneras de vivirlo: en pareja, en matrimonio, amor libre, poliamor y otras formas siguen volviendo sobre la pregunta ¿existe el amor?, ¿hay un amor verdadero?, ¿es para toda la vida?

No hay una respuesta, al menos no hay una única, y a propósito del 14 de febrero, EQSnotas.com entrevistó a diferentes parejas de Esquel a quienes los unió el sur. ¿El sur? Sí el sur, como dice la canción de Rafaella Carrá “Para hacer bien el amor hay que venir al sur”; la Patagonia y sus paisajes son parte del imaginario popular que ha convertido la frase de esa canción en una representación del amor del bueno.

Les presentamos a los que se enamoraron por acá, los que se enamoraron por allá y eligieron venir al sur, y los que son de acá y de allá pero con el amor bien sureño.

Elena y Elvey: nacidos en la Patagonia, con casi medio siglo de amor

Cuando Elena Naumovich y Elvey Rowlands se conocieron, ella tenía unos 20 años y él 31. Ambos participaban de un rodeo en Palena, Chile y allí se vieron por primera vez: “Ella capaz me conocía porque yo era un soltero codiciado”, bromea Elvey sobre ese día: “Teníamos una conocida en común. Ella vivía en Trevelin y yo en Gaiman y nos empezamos a encontrar en las fiestas de carnaval que se hacían en el entonces Cine Club Fontana, hoy el Salón Central”.

Elena estaba trabajando en los minihogares en Esquel y Elvey era chacarero, pero en el año 66 se vino a Esquel para ayudar a su mamá con el hostel: “Una vez la invité a Elena para ir a una fiesta y era toda una cuestión porque en esa época no era lo mismo viajar y había que pedir permiso. La fui a buscar en mi 4L para ir a Kapañuma”.

Elena, por su parte, recuerda con nerviosismo el día que Elvey le pidió la mano a su papá: “Nos casamos después de dos años de pareja, en octubre de 1973 y mi papá era muy formal así que Elvey le pidió autorización”. En el casamiento y como era costumbre, a Elvey le habían regalado una corbata de Gales y la cortaron en tiritas para regalar a sus amigos de recuerdo.

Muchos que conocen a los Rowlands saben que tienen tres y hijos: Guillermo, Andrea y Alexis. A 48 de estar juntos todavía se los ve por las calles de la ciudad caminando de la mano. ¿Existen trucos en una pareja de tantos años? No, simplemente, ver el brillo de los ojos de ambos al preguntarles qué es lo que más les gusta del otro: “A mi me gustó siempre su cara y su forma de ser”, dice Elvey, a Elena “el compañerismo y la paciencia”.

“Siempre buscamos entendernos, que cada uno comprenda el papel del otro y hablar mucho. Ella cuando tuvimos a nuestro primer hijo se quedó de ama de casa y muchas veces por mi trabajo le tocaba quedarse sola. Cuando yo venía de vuelta después de diez días, teníamos mucho para ponernos al día”, cuenta Elvey, que trabajó toda su vida en la Agencia de Vialidad.

Elena recuerda que “cuando él venía, hacía las cosas de la casa conmigo, no nos podemos despegar tampoco hoy. Las parejas de ahora salen por separado, dejan los chicos con otros y nosotros hacemos todo juntos, nos llevamos bien así y no nos imaginamos de otra manera”.

¿Y el sur? “A nosotros nos gusta mucho la vida al aire libre, siempre que podemos lo hacemos y nos acompañamos. Es el día de hoy que con nuestros hijos también somos muy apegados y nos vamos de campamento o a la playa chubutense. Lo que nos ha traído mucha satisfacción es eso y siempre volvemos renovados de ver nuestros paisajes con nuestra querida familia”, cerró Elena.

Giovanna y Sebastián: “Conserve su amor en un lugar fresco y seco”

Volver al pago con un amor bajo el brazo no parecía fácil para ella. El futuro para dos titiriteros y Licenciados en Teatro planteaba espectáculos itinerantes, “una vida nómade”. Un día, Giovanna Paola Toneguzzo le dijo a su novio salteño Sebastián Javier Pellegrini Ortega que quería volverse a Esquel y decidieron “pasar un tiempo”.

Pero Esquel abrió los brazos por demás. Supo ser generoso. Trabajo en lo que aman, hijos y un hogar en la montaña y en paz. Así fue como esta nacida y criada y su emigrado salteño desembarcaron en Esquel sin nada más que su auto y un espectáculo de títeres en el baúl.

Se conocieron estudiando en Córdoba. El primer día de clases Giovanna dice “Soy de Esquel” y Sebastián le dice “¿De dooonde?”. Así se hicieron amigos un tiempo. “Teníamos una amistad especial, una buena conexión pero él estaba de novio”. Sebastián acota que en realidad estaban desencontrados “yo estaba en pareja y en realidad no fluyó. Me fui un tiempo a Salta. Cuando volví ella no sabía que yo había cortado y no me daba ni la hora” cuenta con humor.

“Lo veía como un hippie barbudo, y es porque no le había visto los ojos claros -reconoce Giovanna entre risas- Un día se emprolijó y fue como un flechazo. Al tiempo nos volvimos a encontrar y organizamos para estudiar juntos semiótica. Y ahí cambió todo. Nos dimos el primer beso el 7 de diciembre de 2006. Esa noche nos miramos a los ojos y charlamos toda la fiesta”.

Ahí se aceleraron las definiciones. Conocer a los parientes de Sebastián en Mendoza y Salta y de Giovanna en Esquel. Después de recibirse, varios proyectos en teatro y el descubrimiento de Giovanna por el mundo de los títeres. “Yo no me imaginaba siendo titiritera. Fue como unir un poco todas mis pasiones: la plástica y la escenografía con la actuación y la dirección”.

Un día, en medio de una gira por Córdoba con el espectáculo “Con la Tierra en los pies” Giovanna le cuenta a Sebastián que su proyecto era venirse a Esquel y él aceptó. Una navidad del año 2012 llegaron directo a brindar a Esquel. “Vinimos con una mano atrás y otra adelante, sin saber qué íbamos a hacer. Nos gastamos los ahorros en la mudanza y nos instalamos” cuenta Sebastián.

“Yo buscaba volver a la montaña, a la paz. En Córdoba se te corta la visión cuando mirás por la ventana. Buscábamos estar tranquilos un tiempo” relata Giovanna. Claro que su vida está lejos de ser tranquila al modo tradicional. Viajan mucho por la provincia llevando su show; son parte del grupo de artes escénicas “Cambia la Papa” y además son gestores culturales del teatro independiente La Juntadera. “Uno agradece que tiene el Nahuel Pan enfrente. Creo que en Esquel no te podés aburrir” asegura Sebastián.

Foto: Sayi Serra

Mucha agua corrió bajo el puente. Un delicado estado de salud apenas nacieron los mellizos Ciro y Ulises obligó a Giovanna a alejarse de su familia un mes para tratarse en Buenos Aires, mientras Sebastián se hacía cargo de dos recién nacidos en Esquel. Prueba superada. El reencuentro familiar los hizo invencibles. “Al volver era un amor incondicional” dicen.

Sebastián bromea qué significa vivir un amor en Esquel: “conserve su amor en un lugar fresco y seco”. Y Giovanna remata “En Esquel podés cumplir tus sueños”.

Claudio y Marcela: De mochileros a Esquel

Otro de los “lugares comunes” del amor en el sur es el viaje con mochila. Claudio Ferrero y Marcela Mónaco se conocieron estudiando geografía en 1983 y ambos tenían el sueño de vivir en la Patagonia, lugar en el que viven hace 30 años.

“Tal es así que cuando nos pidieron en la facultad una consigna vinculada a nuestros objetivos dibujé una casa rodeada de montañas y a un hombre llegando. Claudio fue uno de los que me cargó porque le parecía obvio”, cuenta Marcela y aclara con cierta picardía: “Se rió pero yo cumplí mis sueños”.

Los dos nacieron en Buenos Aires y al principio eran amigos: “Un día teníamos que hacer un trabajo y habíamos organizado para juntarnos. Cuando llego estaba solo Marcela y nos fuimos a comer una pizza. Resulta que después nos enteramos que había sido a propósito para dejarnos solos… pero nosotros éramos solamente amigos”.

Uno de los compañeros de Claudio y Marcela tenía casa en Pinamar y en el verano siguiente se fueron a la playa: “Ahí él se me declaró y me regaló una estrella. Al tiempo lo rechacé”, recuerda Marcela.

Las miradas cómplices son inevitables: “Me devolvió la estrella y todavía la tengo yo”, bromea Claudio. Al año siguiente siguieron cursando juntos y en diciembre del 84 finalmente se pusieron de novios: “Yo tenía otros pretendientes, pero él se quería venir al sur por eso lo elegí”, siguen las bromas.

“¿Por qué la seguimos remando?… No lo sé, pero cumplimos el sueño de vivir acá. A mí me gusta que es simple”, dice Marcela. Claudio no duda en responder sobre Marcela: “Me gusta lo mismo pero recargado, y es su empuje, su alegría a pesar de las dificultades que atraviesa”. Marcela lo mira y se emociona, la conexión está siempre ahí.

Para enamorarse bien…

Nacidos o venidos, el amor en el sur puede ser un mito. O no… Si de estas parejas que lo vivieron todo en Esquel y que han pasado más tiempo juntos que separados se puede decir algo es que han sabido dar y recibir.

Los ojos cómplices no dejan dudas: El amor es cosa de todos los días o de ninguno más. En el sur o en el norte, nadie tiene recetas, pero lo que sí es seguro… es que existe.