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Estela de Macayo, la mujer que vio pasar la ciudad por las aulas

La primera escuela de Esquel la vio llegar con su maletín de sueños en 1951 y consagrarse en cuerpo y alma a la docencia. #EnVideoEQS una maestra ejemplar en primera persona.

Esquel. “Qué tal maestra”. Un hombre barbudo y grandote se le acerca. Ella lo estudia y le dice, “Bien, bien, decime el grado”. Cierra los ojos y lo imagina en tercer grado, todo menudito, de ojos claros… Ya lo tiene.

Son escenas que se repiten cotidianamente para esta maestra de tantas generaciones de esquelenses. Estela Rosa Siena de Macayo lleva sus 90 años con vitalidad y con apenas este ejercicio reconoce a sus ex alumnos en la calle.

“Me da tanto gusto que me saluden”, me dice Estela. Hoy son adultos, padres, abuelos. En algunos casos la emoción no puede evitarse y se suceden los abrazos. “Usted sabe que yo todavía le cuento a mis hijos la historia del torito blanco y la vaca negra” le dijo uno hace poco mientras le vendía un dulce. “Eran chicos tan buenos” asegura, orgullosa y nombra a los que recientemente se cruzó en la calle: Orellana, Carlitos Ripa, Coco Franich, Wergzyn…

La emoción la embarga en ocasiones, sus ojos se iluminan. Haremos un intento, desordenado, de desandar su camino de dedicación por la docencia casi a tiempo completo y el desafío de llevar la dirección de la ex escuela 20 –hoy 76- la más antigua de la ciudad en aquel Esquel de los años ´50.

¿Y si soy azafata?

Estela nació en Trelew y cursó el Magisterio en Viedma, donde se recibió de maestra primaria a los 17 años. Ingresó como suplente en seis escuelas de Rawson, Puerto Madryn, Telsen y Tecka, soñando con que algún día le saldría el cargo titular. “Yo estaba de un lado para otro. Pero mirá vos, en Tecka, donde no había luz, ni agua corriente, no había nada, hice mis mejores amigas. Gente muy buena alrededor de todas las estancias, y los maestros que se instalaban allí”.

La oportunidad de irse a Buenos Aires surge cuando se va una hermana a estudiar y ella decide acompañarla y buscar trabajo. “Llegué a rendir examen en Aerolíneas Argentinas para azafata. Yo tenía la base de inglés y los cursos de mecanografía y taquigrafía de las Academias Pitman” recuerda. Así es como quedó seleccionada para azafata de cabotaje. Su vida estaba por dar ese giro cuando le llega el nombramiento de maestra titular en Tierra del Fuego. “En ese interin mi mamá me me manda una carta desde Trelew donde decía que ella había hecho todos sus esfuerzos para que su hija fuera maestra y que tenía que aceptar ese cargo”.

El destino estaba lejos de torcerse. Estela abandonó sus aspiraciones de azafata y se fue a la Escuela Nro 2 de Río Grande. Estando allí le llega el traslado, sin haberlo pedido, a Esquel. La pareja de maestros: familia Outeda, se iba para Río Grande en su lugar.

Una jovencísima Estela desembarcó en la casa de una amiga, Blanquita de González de Quevedo en Esquel y allí se quedó hasta que se casó.

La vida en la escuela 20

Corría el año 1951 y la escuela 20 tenía la misma imponente fachada que hoy tiene sobre Av. Alvear, esquina Sarmiento, construida en el año 39.

“Cuando yo llegué, la escuela 20 tenía cuatro cuadras. Era todo un descampado donde había caballos, los chicos se escondían detrás de los montes, jugaban… Me acuerdo que salía la directora, la señora de Morelli con una campana y decía “¡Esos niños, vengan!” tocaba la campana debajo de los pinos y venían los chicos. Salían como conejitos de todos lados. En aquel entonces la escuela tenía también una campana en la parte posterior del edificio que se tocaba a las doce y media, media hora antes de empezaran las clases. Era la campana de la llamada. Entonces los chicos en las casas sabían que faltaba media hora y empezaban las clases. Sabés qué lindo que era eso!” rememora Estela.

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Ingresó de lleno a un tercer grado, se quedó con los chicos en cuarto y también en quinto. Hasta que una de las maestras, la Sra. de Mazza, le dijo Basta Estela, estos chicos son para mí ahora. Vos para que seas buena maestra te vas a tener que quemar en quinto unos seis, siete años y vas a ser una excelente maestra. “Porque veía en mí que iba a ser buena maestra, que iba a prosperar. Estaba la señora del Dr. Mangue; la Sra. de Maza; Hermenilda Ayats; la Sra de Calavia, que era la mujer del Gerente del Banco; la Sra de Novoa, de Gendarmería; Margarita Mombelli; Welma Prestía; Karina Paggi, hermana del escribano… Eran puntales dentro de la escuela. Vos a la par de ellas tenías que estudiar, prepararte para avanzar y sentirte bien”.

Estela ejerció la docencia tal como estaba concebida en aquella época. Cuando las maestras hacían las veces de madre, doctora, psicóloga, etc. La escuela llegó a tener 600 alumnos por día. Hasta que en un momento fue elegida como Directora, cargo para el que rindió y luego asumió hasta el año ´83 en que se jubiló. De los 35 años de servicio en la educación, ejerció 24 haciendo doble función en la escuela y la nocturna. “Si he trabajado mucho también me han compensado bien” dice sin arrepentimiento, a modo de balance.

La escuela, un lugar donde los chicos querían estar

“Nadie faltaba a la escuela. Las clases no se suspendían por nieve, es más, los chicos venían a jugar en la nieve y los maestros siempre estaban” asegura Estela. “Nos calefaccionábamos con leña, a veces nos proveía la U14, y todavía bajaban los catangos desde La Zeta, tirados por bueyes” recuerda. “El regimiento también ayudaba mucho, nos mandaba los soldados a limpiar los patios y los sanitarios y ellos nos pedían volver. Claro, porque les dábamos leche y facturas”.

En aquella época existía la copa de leche, pero ella como directora daba además arroz con leche, semolín “y pedía mucho a distintas instituciones” reconoce. Por ejemplo, la municipalidad le daba quesos y dulces. “Nosotros absorbíamos a los chicos de la zona céntrica, con hogares más amplios y a los barrios más humildes, como el que en ese momento se llamaba el Barrio Parc” sigue recordando.

“Yo por ejemplo erradiqué la sarnilla -confiesa en un momento- Los chicos tenían picazones entre los dedos, se llenaban de ampollitas con agua, por suciedad, mala limpieza, debilidad. Yo revisaba a mis alumnos. Antes de entrar a las aulas estaba todo el alumnado en orden y había cinco minutos de aseo personal. Yo estaba al frente, entonces decía “revisación de un grado”, y ellos mismos levantaban la mano. Hasta los más chiquititos. Les revisaba los piojos, parásitos, manos, las uñas, el pañuelito, las zapatillas limpias. Los chicos iban a la casa y después volvían más limpios. Todo lo hice con gusto. Los padres no se quejaban, al contrario, participaban y apoyaban”.

Acto imposición de nombre “María Luisa Pieruzzini de Morelli”

Los recuerdos de un Esquel que vibraba culturalmente

En los 50 Esquel era un pueblo que progresaba lento, pero con todas sus instituciones funcionando y una comunidad muy comprometida con la escuela. Estela recuerda la vida social y cultural de la época con mucha nostalgia. “Todo el mundo se divertía sanamente y siempre en familia. Se organizaba todo el pueblo. Teníamos los carnavales, con un stand en La Española donde vendíamos serpentinas, papel picado, lanza perfume… Existía el corso en la 25 de mayo donde participaban las comisiones de la italiana, la española, la sirio, la alemana” y menciona que se hacía kermese, festivales de danza en el Club San Martín, bailes de disfraces y diversas presentaciones artísticas o culturales en clubes, bares y hoteles.

“Todo lo que era cultura se presentaba al público” recuerda. Un lugar emblemático fue el cine Armonía ubicado donde hoy está Salón Alberto Neira, y posteriormente el Cine Coliseo donde se ubica actualmente La Madrileña.

“Íbamos todos los sábados a la noche al Cine Coliseo con mi amiga Aurora. Uno de nuestros maridos nos llevaba y el otro se quedaba en casa y nos iba a buscar. Así que nos vestíamos bien, en el intervalo bajábamos a buscar golosinas y luego volvíamos, pero no nos perdíamos ni una función”.

También recuerda que todos los sábados iban a bailar al Bar Americano. “Yo iba con mi compañera, Lidia García y nuestros maridos. Todas bien puestas con vestidos de Falabella. Pero resulta que nuestros maridos se ponían a charlar del comercio de las lanas y no nos sacaban a bailar. ´No puede ser que todos estén bailando y nosotras acá sentadas´” se quejaban.

Estela menciona algunos vecinos que incursionaban en el arte, tal como a Yamel Asef en pintura, los recitados de la señora de Martínez Aguirre, las muestras de la profesora de música, señora de Cachile, con sus alumnos, la presentación de Claudia Sosa en canto, la señora de Moray en danzas .

Los padres de ayer, la escuela de hoy y la dedicación del maestro

Le cuento a Estela que me gustaría filmarla. Ella se ríe porque no está “peinada” y luego dice “Ay, cuando mis alumnos me vean se van a reír”.

Siguen las anécdotas y entiendo que tiene un poco de nostalgia por aquella forma de enseñar mientras me dice que había una gran motivación en los chicos. “Nosotros teníamos competiciones interescolares. Hacíamos concursos de redacción, de composición. Se iba a escribir a la municipalidad, se formaba un jurado allí y los chicos escribían”.

“Yo hacía concurso de ortografía, si se confundían un acento se querían morir. Armábamos por tiempo la república argentina en rompecabezas. Y solía hacerles alguna pregunta para que me respondieron y me trajeran de la casa al otro día. Una vez iba saliendo séptimo y les digo “traigan para mañana de qué palabra es superlativo “paupérrimo”. Se da vuelta uno y me grita “De perro, señora, de perro!”.

#EnVideoEQS qué tiene que tener un buen maestro, pero además el recuerdo de su querido club de madres, quienes se dedicaron a la Escuela con un alto compromiso, para que no faltara nada a los chicos.

Hay demasiadas anécdotas y debemos despedirnos. Hablar con Estela genera gran admiración por su lucidez y pasión. Me quedo con una reflexión: “Hay un gran puente que une la escuela y el hogar. Transitemos ese puente, porque mientras se transita las malezas no crecen”.