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Arturo De Bernardi: Andanzas de una generación sin fronteras

Los jugosos recuerdos de un esquelense que creció en la sociedad de los´50 y ´60. Su amor por la montaña y el libro de sus anécdotas: Arturo De Bernardi

Crecer en libertad. En la calle, el arroyo o la montaña. Los adolescentes que vivieron el Esquel de los años ´50 y ´60, como muchas generaciones, no sabían de horarios ni pantallas, no los atemorizaban el frío o las distancias. Pero además tenían a disposición un mundo casi virgen por descubrir y todo por hacer.

“Tus padres nunca se preguntaban dónde andabas”, relata sencillamente Arturo De Bernardi sobre su infancia y adolescencia en Esquel. El fin de la luz solar era la primera señal de que había que volver a casa. “Jugábamos al básquet en la cancha de Argentinos frente a La Anónima de Fontana -ex Lahusen- hasta que se hacía de noche, o nos íbamos al frontón de paleta del Regimiento hasta que ya no veíamos la pelotita porque no había más luz”

Arturo cuenta sus aventuras en el libro “Recuerdos de Esquel, hechos y lugares” donde pone en valor cómo se vivía en la pequeñísima sociedad desde 1943, año en que nació. Recupera con anécdotas a sus personajes, desde los más progresistas e innovadores, pasando por los que descollaron en los deportes o el arte, hasta los que a fuerza de su quehacer cotidiano fueron trazando las costumbres de Esquel.

“Lo bueno es haber tenido la oportunidad de crecer en el paisaje, de tener ganas de dar las gracias cada vez que llego a una cumbre” dice en un su libro, que está agotado pero hoy disponible en el Museo Histórico de Esquel y en la biblioteca de la UNPSJB.

“No soy investigador, ni escritor. Llegó un momento en que me puse a escribir porque viví tantas cosas lindas y constructivas de disfrutar el entorno social y natural tan intensamente. Soy un contador de lo que vi y sucedió en aquella época” aclara, con respeto por la investigación histórica. Arturo ocupó distintos cargos en el área de Turismo provincial y formó parte de la creación del Centro de Esquí La Hoya, que dirigió durante muchos años.

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En la calle 25 de Mayo

Recuerdos de un modo de vida: siempre afuera, explorando

“Pertenezco a una generación que vivió un Esquel muy distinto al de ahora. Era un pueblo donde se dormía sin llave. Donde los autos se dejaban en la calle, abiertos. No había celulares ni televisión. Éramos muy activos. Se patinaba, se jugaba al tenis, al básquet, se nadaba en el Arroyo Esquel en los pozones de Austin o íbamos al Percy cuando salíamos de la escuela. Si querías ver a un amigo ibas a buscarlo, le golpeabas la puerta y entrabas sin tocar el timbre. Y si estaba tomando la leche te sentabas ahí y la mamá te servía”.

Era mucho más integrado y chico. Éramos muchos menos y digo más integrado porque aunque había distintas condiciones económicas hacíamos actividades juntos. Los equipos de fútbol jugábamos todos juntos. Si bien estaban los barrios, no había diferencias. Jugábamos en la calle a las bolitas con los que se ganaban unos pesos como lustrabotas, que eran compañeros de la clase. Era una sociedad muy participativa.

En aquella época el deporte se practicaba intensamente, como también existía una notable pasión por el automovilismo, con un público muy afecto a las carreras y vecinos mecánicos, chapistas y pilotos que conducían Ford y Chevrolet.

Hubo actores deportivos que se destacaron como Reggie Hammond en ciclismo; futbolistas como Pepe Montalvo, Tito Cleri en básquet, que en un momento tuvo varios clubes que utilizaban por supuesto las instalaciones de la Sociedad Española. Eran Deportivo Juventud, Club Nahuel, Correos, San Martín, Argentino, Independiente, entre otros. Empezábamos un sábado y como teníamos todas las categorías terminábamos el domingo a medianoche. Por supuesto en la Sociedad Española, que fue un emblema de Esquel. Ahí pasaba todo” enumera.

Arturo hace una mención especial de Walter Cristiani (padre): “A él le debo mi amor por la montaña. Fue una figura importante en la arquitectura y el arte. Era activo participante del Club Andino. Nos agarró un día de las orejas, nos hizo comprar un bolso, unos botines de montaña en Casa Los Vascos y una bombachas y le dijo a mi papá que nos llevaba a La Hoya. Era el año 1954. Hacía dos años que se había formado el Club Andino. Cuando fui, vi gente que esquiaba, que andaba en trineo y el refugio, dije “este es mi mundo”. Él fue el primero que me indujo a integrar cuando tenía 17 años la comisión del club. Fui el integrante más joven de la historia del club, como prosecretario”.

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A partir de allí, Arturo comenzó a transitar el tipo de vida que aún hoy lo acompaña, ligada al esquí. Con sus amigos adolescentes comenzó a pasar días en La Hoya, en aquel primer precario refugio del Club Andino, con descensos en el día a Esquel para comprar víveres y volver de noche caminando con temperaturas heladas. Llegaron a pasar una semana sin bajar al pueblo, con catorce años. A ello, se sumaban las excursiones varias veces por año del Parque Los Alerces en épocas en que aún no existía la ruta 71. “Hacíamos cuatro o cinco horas de caminata del lago Verde al Rivadavia para acampar y pescar. Después nos tomábamos el bote en el Club de Pescadores. Una vez estuvimos una semana acampados sin ver a nadie. No se veía gente” recuerda.

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Por: Milagros Nores Martínez

Agradecimientos: gentileza del Libro “Recuerdos de Esquel” que pertenece a David Glass