Los dos dicen que es una historia de amor surgida de una situación dramática. Pablo Javier Fackelman (48) tenía 8 años cuando desde su colegio Almirante Brown, de Villa Ballester, escribió una carta dirigida "a un soldado de las Fuerzas Armadas" que estaba defendiendo la soberanía en las Islas Malvinas. "Que Dios bendigue (sic) tu valor, soldado de mi Patria", había escrito con fibra roja.

La carta viajó en un bolsón con otras miles desde escuelas de todo el país y cayó en manos de Hugo Rolando Castro (59), justo el día que le habían dado una hora libre para ir hasta Ganso Verde, un pueblito en Darwin, "para pegarme una ducha y volver".

No consiguió bañarse pero sí recibió una carta. "Tomá, ¿la querés?", le consultaron, y agarró la carta de Pablito Javier "con la misma voracidad que tenía para manotear un sandwich". Se recuerda contento Castro con el obsequio, "casi como si hubiera sido dirigida a mí".

Hugo repite "Pablito Javier" como si fuera el galán de una novela venezolana. "Para mí siempre fue Pablito. Pensá que yo tenía 20 años y él 8. Esa carta fue un amuletto, la guardé como un tesoro mientras estuve en la trinchera, mientras combatí y durante las dos semanas en las que estuve prisionero. No hubo una hora en la que no me palpara el bolsillo de mi chaqueta para saber si todavía estaba la carta. Era casi como una obsesión, pero sabés lo importante que era, la compañía que me hacía".

Castro había llegado a Malvinas el 10 de abril y permaneció hasta el 31 de mayo. Luego estuvo prisionero en el buque inglés Northland. "Lo primero que hicieron los ingleses fue desarmarnos, obvio, pero fueron muy respetuosos con las cosas personales. Un oficial me pidió la carta, la vio, intentó leerla y me la devolvió con cuidado. Fue muy importante ese gesto entre otros que tuvieron. ¿Sabés? Yo me bañé por primera vez en 50 días siendo prisionero y en ese estado fue la vez que comí mejor en toda mi permanencia en Malvinas. Ocurrió así, ¿por qué lo voy a ocultar?".

Castro es analista de sistemas, vive en Bahía Blanca pero nació en Rawson, este año cumplirá 60, lleva 33 años junto a Marisa y tiene dos hijos. Las vueltas de la vida: cuando le tocó hacer el servicio militar, en 1980, pidió dos años de prórroga para estudiar contabilidad y pensaba renovar la prórroga pero no cumplió con los requisitos, por lo que el 1° de febrero (tenía 20 años) debió presentarse en Comodoro Rivadavia.

"Mi viejo estaba hablando con un conocido de las Fuerzas para acomodarme, pero me llegó la citación y tuve que irme medio de apuro a Comodoro... fue un shock", recuerda. 

También recuerda Hugo cuando se subió al colectivo desde Rawson y se despidió de sus padres, que lloraban. "¿Sabés lo que les dije desde el ómnibus? '¿Qué les pasa? ¡No me voy a la guerra!'. Esa frase me acompañó cuando llegué a Malvinas, me daba vueltas, ¿cómo se me ocurrió decir eso?".

Enfatiza que no tenía miedo: "En ese momento estaba convencido de que los ingleses no vendrían y por otro lado tenía una adrenalina de patriotismo... Las palabras de Galtieri nos tocaban el corazón. Digo lo que nos pasaba hace 40 años".

Es una persona alegre y optimista Castro. Habla sobre Malvinas con vigor y entusiasmo. Fue una bisagra en su vida, aunque no la modificó ni alteró. "Me potenció, me inyectó más fuerza a la hora de focalizar mis objetivos. Quería estudiar pero otra cosa, recibirme y disfrutar la vida... Me decía todo el tiempo que tuve la oportunidad de volver sano y salvo".

Cuando regresó a su casa en Trelew tras la guerra, pasada la emoción de sus padres, Clara, su mamá, le preguntó por un sobre que había encontrado en el bolsillo de su campera que estaba por lavar. "Me la mandó un chico desde una escuela, no sé...", respondió Hugo casi al pasar. Clara la leyó y releyó y no claudicó con su pedido: "Ay qué hermoso gesto, respondele, dale, respondele".

"¿Le escribiste a Pablito Javier?", pregunta que Clara, la docente, le hizo a su hijo durante diez días. Hugo se rindió y le escribió al chico de la escuela de Villa Ballester y a partir de allí hubo un ida y vuelta de cinco cartas cada uno hasta mediados de 1983.

"No sabemos qué pasó",  coinciden respecto de la abrupta interrupción postal. Castro intentó normalizar su vida, estudiando y trabajando y con el tiempo se mudaron a Bahía Blanca. Mientras que la familia de Pablito Javier se trasladó a Posadas.

Una relación entrañable

​Ese silencio de radio se eternizó en el tiempo. Pasaron 29 años hasta que volvieron a saber uno del otro. Bombero voluntario durante más de una década y uno de los abanderados del cuartel de Pinamar, Pablo Javier no podía parar de llorar por las palabras que escuchaba en el acto del 2 de abril de 2012.

"Era un discurso que me revolvió por dentro y de inmediato me devolvió el recuerdo de Hugo Rolando Castro. Cuando terminó el acto de hace diez años, mi mujer me dijo: 'Te vi llorando, ¿qué pasó?'. Claro, yo no soy de lagrimear. Sólo le dije: 'Silvina, lo tengo que encontrar' . Ella sabía bien de quién hablaba".

Aquel 2 de abril era lunes. Fackelman se propuso rastrear el paradero de Castro como fuera. Buscó en las guías telefónicas que por entonces tenía, fue a las páginas amarillas y después buceó en Internet.

"Primero en mi Facebook, donde me aparecían cientos de Hugos Castros, despúes fui más minucioso y busqué en asociaciones de veteranos de Malvinas y mandé decenas de mensajes. Después googleé y ponía palabras sueltas: combatiente + malvinas + castro + carta + villa ballester. Así estuve horas. Hasta descubrí que en la Guerra de Malvinas hubo otros cuatro Hugo Castro que combatieron".

Embaladísimo, da con un número de documento cuyo paradero era de Bahía Blanca. "El corazón me empezó a latir fuerte, tenía taquicardia, sentía que estaba cerca. Ese número de documento me llevó al Veraz, ¿podés creer? Y me apareció el nombre Hugo Rolando Castro, Bahía Blanca y seguí buscando hasta que encontré un número de teléfono fijo. '¡Es él!'. No lo dudé, llamé y me atendió una señora: 'Hugo vuelve a las 20, ¿de parte de quién?'. 'Dígale Pablito Javier'". 

Y volvió a llamar. Sin que mediara palabra, Fackelman escuchó que del otro lado atendieron y preguntaron: "¿Pablito Javier?". A partir de allí la conversación se extendió hasta las doce de la noche. Emoción, llanto y ensimismamiento.

"Nos nos entendíamos nada, a los gritos, nos reíamos, como si nos conociéramos de toda la vida. Antes de cortar me propuso: 'La semana que viene tengo que ir a Mar del Plata'. Le dije: 'Venite a Pinamar, quedate unos días'. Hugo vino con su mujer, estuvimos unas seis, siete horas, pero no se quedó. Nos volvimos a ver al otro día y gran comilona", relata.

Desde aquel bautismo, Castro y Fackelman se empezaron a visitar cada dos meses. En Pinamar, en Mar del Plata o Bahía Blanca. Era el inicio de un vínculo tan estrecho que a ellos mismos los sorprendió.

"Tenemos mucho en común y creo que eso nos unió tanto, porque no es sencillo hacerse amigos de grande. Somos disfrutadores, familieros, muy sociables, nuestras mujeres son compinches y nos encanta armar grupetes... Tenemos hijos de edades similares y estamos siempre bien predispuestos", enumera Pablito Javier.

Para Castro sigue siendo un misterio "la mágica conexión que tuvimos, porque congeniamos desde la primera vez y casi como que sabíamos todo del otro... Pero la realidad es que éramos dos auténticos desconocidos, viste. ¿Qué explicación? Empatía, gustos parecidos, sintonía que le llaman. Hoy su mamá me dice que soy el hermano que Pablito no tuvo".

Un día de 2016 Pablito le hizo una inesperada propuesta a Hugo: "Quiero que seas el padrino de mi hija. Decime que sí". El ex combatiente lagrimeó. "Estando su mujer Silvina embarazada -recuerdo-, vino a mi casa de Bahía Blanca casi sin previo aviso; en realidad seguía más hacia el Sur... Y así me propuso ser el padrino de Emma, lo que para mí fue un orgullo, una sorpresa maravillosa y el broche de una relación increíble que empezó con una inocente carta en 1982". 

Se sonríe Pablo con un recuerdo que empezó solemne y terminó a las carcajadas y con una cerveza. "Es que yo había escuchado que muchos ex combatientes necesitaban cerrar la historia volviendo a Malvinas, que ese regreso cicatrizaba heridas... Con Hugo nunca hablamos de la guerra, ¿sabés? Ni yo le pregunté ni él sintió necesidad de contarme sus vivencias, sus miedos y sus padecimientos en Malvinas, supongo que porque nuestra relación estuvo por encima de todo eso".

"Entonces -prosigue- un poco tímido e inseguro lo encaré y le dije: 'Hugo, contá conmigo para acompañarte a Malvinas... No vayas solo, acá estoy...'. Lo veo que abrió los ojos como un búho, me miró y me contestó: '¿Queeeé? ¡Estás loco, vos! ¿Para qué? ¿Qué voy a hacer allá? Pero no, olvidate,, vayámonos a una playa de Brasil, que la vamos a pasar mucho mejor. Y así fue: al otro día armamos el viaje para ir a Bahía las dos familias y la pasamos sensacional".

¿Por qué no se dio para hablar sobre Malvinas? "Supongo que porque no fluyó, lo más cercano que hablamos de la guerra fueron las cartas que nos mandamos... Después, sin proponérnoslo, decidimos hablar del hoy, de nuestras vidas... Evidentemente así nos sentimos más cómodos, pero tampoco hay nada que ocultar", explica Hugo.

Y sigue: "Con mis hijos también hablé poco, no sé... será porque no me gusta ser protagonista, ni llamar la atención, ni ser el Rambo de las reuniones que hace alarde de los tiros que esquivó. Prefiero pasar inadvertido, hablar de otras cosas más agradables, así soy yo".

En junio Hugo cumplirá 60 y Pablo está organizando, con su consentimiento, un viaje y una estadía en un all inclusive sorpresa. "No nos vemos desde enero, así que será una gran excusa para disfrutar en familia y reírnos un poco, que nos hace tan bien".